jueves, 6 de abril de 2017

Crítica de "La Bella y la Bestia" (versión de 2017)


Creo que fue Jorge Luis Borges quien dijo en cierta ocasión que todos los escritores, por muchas novelas que escriban, cuentan la misma historia una y otra vez, porque es la que llevan en el alma y en el corazón. Si tal cosa es cierta, en mi caso la historia -sin duda alguna- es La Bella y la Bestia. Fue la película de Disney que más me impactó en la infancia junto a La Sirenita, porque las dos me tocaron la fibra sensible en lo que respecta a mis anhelos, mis sentimientos y mis deseos más íntimos. Y por eso, al enterarme de que iban a filmarla en imagen real, me invadió una mezcla de miedo y emoción.
Finalmente, hoy la he visto. Y lamento decir que me he llevado una enorme decepción.
Sí, soy realista, sé que es imposible plasmar plano a plano la versión del 1991. Sí, soy práctica, sé que algunos cambios de guión podían quedar mejor. No soy una purista anti-cambios, y hay algunos que incluso me han gustado. Pero no. La película que he visto hoy no es La Bella y la Bestia de mi infancia, y lo que es peor, parece que en el fondo ni siquiera pretende serlo. Porque en la mayor parte del metraje, parecía que la intención no fuera hacer un homenaje ni un remake, sino una parodia. Una puñetera parodia.


 Mi reacción a medida que iba viendo la película

No le veo mucho sentido a avisar de los spoliers porque tooodo el mundo conoce esta historia y además a estas alturas casi todo el mundo debe haber visto ya la película, pero por si acaso, SPOILERS:



Lo que me ha gustado:


-Lumiêre y Din-Don: Un dúo genial. No sólo porque lo formen los maestros Ian McKellen y Ewan McGregor, sino porque los actores se lo han pasado genial actuando y se nota. Lumiêre es de los pocos personajes de la película que conservan intacta la esencia de sí mismos, aquello que los hacía especiales en la versión de dibujos animados. Din-Don es más amable y menos cascarrabias, pero aún así es reconocible y aceptable.

-La señora Potts y Chip: Otro dúo que me ha encantado y que sigue siendo reconocible. Sin embargo, me ha sabido mal que le quiten a Chip el protagonismo que tenía en la película de dibujos animados, donde cumple un papel fundamental para que Bella pueda salvar al príncipe. En la versión actual le restan heroísmo y minutos de metraje.

-Las canciones Qué Festín y Bella y Bestia Son: Son las ÚNICAS canciones de toda la película que suenan decentemente y no parecen parodias histriónicas de las originales. Las únicas coreografiadas con belleza y con cariño. De hecho, la escena del baile fue la única en toda la película que consiguió emocionarme, hasta el punto de hacerme saltar lágrimas. Y menos mal, porque -increíblemente- fueron las únicas que derramé durante la película.

-El padre de Bella: En la película de dibujos, Maurice es un inventor excéntrico y despistado, incapaz de valerse por sí mismo y al que su hija tiene que cuidar. En la versión actual, lo han convertido en un artista, un hombre melancólico pero fuerte, de pasado trágico, inteligente y férreamente protector con su hija. Nunca se deja engañar por Gastón, y me encanta cuando le suelta a la cara que nunca dará su consentimiento para que se case con su hija (punto importante, dentro de las burradas anacrónicas de la película, que los guionistas recuerden que en el siglo XVII era fundamental que el padre de una joven aprobara al pretendiente y consintiera de buen grado al matrimonio). Son de esos cambios que, si bien no eran imprescindibles, son aceptables y me parecen un acierto.

-Que se expliquen algunas cosas que en la versión animada quedaron sin explicación, como por ejemplo por qué nadie en el pueblo parece saber que a pocos kilómetros existe un castillo donde supuestamente vivía un príncipe, o el motivo por el cual la bruja decidió hechizar también a los sirvientes del castillo cuando en un principio eran inocentes.


Lo que no me acaba de convencer:

-¿Por qué la maldición hace que siempre sea invierno en el castillo? ¿De dónde sacan la comida entonces, si no pueden cultivarla?

-El papel de los lobos me parece un poco confuso. En la versión animada eran lobos normales, sin más (y era invierno en todas partes durante toda la película). Aquí parece como si fueran parte del hechizo, como una suerte de guardianes del umbral. Pero, en ese caso, ¿cuál es su función? Me dejaron bastante confundida.

-¿Por qué las tres putillas rubias se han convertido en tres pijas morenas? En la versión animada, las tres admiradoras de Gastón eran "taberneras de moral relajada", por decirlo finalmente. Dado que al remake de acción real no le pesa introducir insinuaciones picantes o dobles sentidos en el guión, ¿por qué no mantienen a las chicas como lo que son? ¿Y por qué las han "teñido" de moreno?

-El modo en que Maurice llega al castillo de la Bestia y es apresado por ella me parece ridículo. Los acontecimientos de la versión animada tenían sentido (inventor despistado se pierde, su caballo se escapa, huye de los lobos, se mete en el castillo a pedir auxilio y la Bestia lo encierra por allanamiento). Los del cuento original, también (mercader que regresa de hacer negocios, recuerda que ha olvidado traerle a su hija la rosa que ella le pidió, se mete en un castillo para coger una rosa del jardín, y la Bestia lo encierra por ladrón). Pero en la película han mezclado las dos historias y ha salido un sinsentido.

-Las canciones nuevas no están mal, pero no aportan gran cosa a la trama. La única bonita es la canción de la Bestia, y aún así, me parece que la película estaba mejor sin ella. ¿Por qué? Porque desluce al lado de la película original. En la versión animada, la Bestia mira por la ventana cómo Bella se marcha y lanza al viento un rugido de pura desesperación, cargado de tristeza, miedo y rabia, porque acaba de dejar marchar a la única mujer que ha amado, no sólo temiendo no volver a verla más, sino sabiendo que si no regresa ya no habrá forma de romper el hechizo. Y todos esos sentimientos los expresa mediante un acto animal, salvaje, en contraposición al civilizado y educado comportamiento que mostraba poco antes, mostrando así cómo le afecta la marcha de la única persona capaz de volver a hacerle sentirse humano. Comparado con toda esta fuerza dramática, ver a la Bestia cantando cómo echa de menos a Bella y cómo la esperará pacientemente es... no sé cómo decirlo... ¿descafeinado?

-El personaje abiertamente gay yo creía que era LeFou, pero NO. Es el pueblerino anónimo que se siente muy feliz cuando la cantante-armario lo viste de reinona. ¿En serio? ¿Siriusly fucking really? Para una vez que meten homosexualidad en un cuento clásico, y la meten con calzador y de manera ridícula. No, gracias.


Lo que NO me ha gustado:

-El prólogo inicial DA VERGÜENZA AJENA. Así, en mayúsculas. Resulta que el príncipe, que en la versión animada era una especie de Joffrey Baratheon egoísta y consentido, aquí ES EL PUTO REY DE LOS GOBLINS. ¡En serio! ¿Fui yo la única que se acordó inmediatamente de A través del Laberinto al ver esa escena? ¡Si hasta lo maquillan igual, por Dios! Es el Rey de los Goblins, sólo que en vez de rodearse de goblins bailongos, se rodea de zorrillas bailongas. ¡Vivan las orgifiestas multiculturales! OMG...

-Bella no es Bella. Es Hermione Granger cosplayeando a Bella. De verdad, no he visto al personaje de la película animada NI UNA VEZ en toda la película. Emma Watson no se cree el papel que está interpretando, es inexpresiva, forzada, incapaz de insuflar vida a la Bella de Disney, de transmitir una gota de su personalidad, su pasión, su inocencia, su compasión... Nada. Es como una cáscara vacía. Un cosplay muy bonito, con unos vestidos muy bonitos, pero debajo no hay nada.

-Yo no entiendo cómo ha habido tanta gente que ha fruncido el ceño por personajes gays, cuando hay algo realmente es descacharrante: ¿¿UN CURA NEGRO?? ¡Que estamos en la Francia del XVII, por Dios! ¡Que en aquellos momentos el mundo occidental era UNA PUTA PIGMENTOCRACIA! Si llegan a situar la acción en, qué sé yo, la colonia francesa de Martinica, pues todavía me lo creo. Me puedo tragar que entre las damas bailongas del principio hubiera chicas negras porque al Rey de los Goblins le molaban las orgías multirraciales. Incluso me creo que Plumette sea mestiza, porque al fin y al cabo es una sirvienta. Pero, ¿una soprano negra? Y lo que es más increíble, ¿¿un cura negro en un pueblecito provinciano francés de XVII?? Lo siento, pero NO. Me da igual lo políticamente correcto que sea llenar el cupo racial en las películas de hoy en día. NO. ¿Por qué no meten a un oriental, ya de paso? ¿A un maestro de esgrima japonés para que le enseñe kendo a su majestad el príncipe? ¡Si habría sido igual de coherente!

-Las canciones antiguas (a excepción de las dos que he mencionado antes, que son las únicas que se salvan), son otro gran momento de VERGÜENZA AJENA. No sólo por el pésimo doblaje (el modo en que las bocas de los actores y las voces dobladas se descoordinan es realmente vergonzoso), sino que encima son ridículas. De verdad, no me viene a la cabeza otra palabra. La canción original de Gastón era un gesto espontáneo de los aldeanos, que lo admiraban y respetaban hasta la adoración (y una crítica ácida e inteligente al caciquismo rural, a la gente de pueblo que le sigue la corriente sin rechistar al vecino mandón y con dinero, en este caso es Gastón: el único que posee armas de fuego y que puede mantener a un criado). En cambio, en la película actual los aldeanos sólo le siguen la corriente a LeFou porque éste les paga para que canten (!), destruyendo así la verosimilitud de las escenas posteriores, pues si los del pueblo no adoran a Gastón y sólo le cantaban por dinero, no se explica que luego lo sigan ciegamente cuando acusa a Maurice de locura, a Bella de brujería (¡en contra del criterio del cura! Claro, como es negro, nadie le hace ni puto caso), y organiza una turba para cazar a la Bestia. Y algo muy mal deben haber hecho en esta película para que cuando suenan Bella y su reprise yo no sintiera emoción sino bochorno. ¡La canción de mi infancia, por Dios! ¡La que me define! ¡La que he cantado para mí misma doscientas veces mientras iba por la calle!

-Esta sí es grave: no me creo la historia de amor entre la Bella y la Bestia. En absoluto. No sólo por culpa de una Emma Watson que no se cree el papel que interpreta, sino también por culpa de una Bestia a la que tampoco puedo reconocer. Su evolución es inverosímil y tiene lugar a trompicones. Esto se ve muy bien al principio; en la versión animada, es la propia Bestia quien comprende de inmediato que debe enamorar a Bella si quiere conseguir romper la maldición. Aunque sus malos modos, su carácter rudo y su despotismo están ahí, es él quien le ofrece una habitación cómoda, quien la acompaña hasta allí y quien la invita a cenar. Puede que en un principio sean sus sirvientes los que le dan las ideas, pero él las acepta de inmediato y las lleva a cabo. En la versión de imagen real, no. Aquí son los sirvientes los que de espaldas a la Bestia sacan a Bella del torreón, la llevan a sus aposentos y le dan de cenar. Con la escena de la biblioteca, otro tanto; en la versión animada, la Bestia se rompe la cabeza por buscar un regalo que haga ilusión a Bella, se le ve confuso, emocionado, ansioso, y finalmente feliz de haber acertado. En la actual, sin embargo, entran en la biblioteca por las buenas y a él se le ocurre la idea de regalarle los libros como de pasada. Es una de las escenas más mágicas de la película original, y aquí carece por completo de magia. ¿Cuál es el resultado? Que la Bestia va a rescatar a Bella de los lobos y NO ME LO CREO. Que Bella comienza a sonreír a la Bestia y a cantar Algo Nuevo en el jardín y NO ME LO CREO. No hay ninguna chispa entre los personajes; la química y la complicidad entre ellos eran mil veces mayor en la película de animación.

-Pero lo peor, realmente PEOR, es el final. Porque yo a esta película puedo perdonarle muchas cosas (y tiene una lista bastante larga de fallos que perdonar), pero lo que no le perdono es que traicione por completo el espíritu de la historia de amor más bella del mundo, y encima lo haga haciendo trampas.
Recapitulemos lo que sabíamos al principio: tras ser rechazada cuando pidió asilo en el castillo, una hermosa hechicera embrujó al príncipe, a los sirvientes y el castillo donde vivían, convirtiéndolo a él en una horrible bestia y a ellos en objetos animados. Si el príncipe era capaz de amar a una mujer, y ganarse a cambio el amor de ella, antes de que cayera el último pétalo de la rosa mágica, se desharía el hechizo y todos volverían a ser humanos. Si no lo conseguía, permanecería condenado a seguir siendo una bestia para siempre, y los sirvientes se convertirían en simples objetos.
Ahí está la clave: ANTES DE QUE CAYERA EL ÚLTIMO PÉTALO.
¿Y qué ocurre? Que cae el último pétalo y Bella NO le ha dicho a la Bestia que lo ama. Y como no se lo ha dicho, la maldición se cumple y los sirvientes se convierten en objetos. Y ya está. C'est fini. Pero no, resulta que cuando todo se ha ido a la mierda, y Bella está llorando sobre el cadáver de una Bestia que, recordemos, se TENDRÍA que quedar convertida en Bestia para siempre porque LA MALDICIÓN SE HA CUMPLIDO... resulta que aparece la hechicera, que observa la situación, y como le da un poco de penica la cosa, pues decide llevar a cabo EL MAYOR DEUX EX MACHINA DE LA HISTORIA y deshace su propio hechizo y aquí no ha pasado nada. Porque resulta que la mendiga del pueblo era en realidad la bruja, que se había quedado por allí a montar guardia y ver qué pasaba, lo cual viene a significar que la rosa y sus pétalos cayendo NO TENÍAN NINGUNA PUTA IMPORTANCIA porque la buena señora podía revertir la maldición cuando le saliera del toto incluso aunque ya se hubiera cumplido. Con lo cual no sólo destrozan por completo el dramatismo de la historia y vuelven absurda la existencia de la rosa mágica ("que no, tontos, que era broma, que lo de los pétalos cayendo era sólo para poneros nerviosos, que en realidad puedo convertiros en humanos cuando me dé la real gana"), sino que también se cargan el significado de la historia, porque lo que salva a la Bestia y rompe el hechizo que pesaba sobre el castillo y sus habitantes no es el amor de Bella, sino la compasión de la hechicera. En la versión animada original es Bella quien, con su declaración de amor, salva in extremis a la Bestia diciéndole "te amo" un segundo antes de que caiga el último pétalo. Si no se lo hubiera dicho, la Bestia se habría quedado muerta, y los sirvientes habrían seguido siendo objetos ad eternum, y todo habría terminado ahí. La salvadora es ELLA. Ahora, es la hechicera, movida por su compasión, la que tiene que venir y arreglarlo todo cuando Bella declara su amor un rato después de que el último pétalo caiga y la maldición se haya cumplido. ¡A tomar por culo la moraleja del amor salvador, señores! ¡Esta película se tendría que haber llamado La Hechicera y la Bestia! O mejor aún, El Deus Ex Machina y la Bestia.

Y, en definitiva, ahí fue donde yo me quedé incrédula, cabreada, indignada, fría como el hielo e incapaz de disfrutar de un final forzado, con una boda tan recargada y esperpéntica como el resto de la película, sintiendo que me han engañado, y lo que es peor, que han prostituido hasta niveles humillantes uno de las grandes clásicos de nuestra infancia para poder hacer caja y sacar dinero aprovechándose de la nostalgia de quienes, como yo, añoramos infinitamente la época dorada en la que a Disney (y al mundo) no le daba vergüenza proclamar en voz alta que el amor verdadero es capaz de romper cualquier maldición.

¿Veis esta expresividad? ¿Este amor? ¿Esta belleza? ¿Este romanticismo y esta fuerza dramática sin límites plasmados en el rostro de unos dibujos animados? Pues yo no los vi durante toda la película.

lunes, 20 de febrero de 2017

Reseña de "La Dama número trece", de José Carlos Somoza



 Salomón Rulfo, profesor de literatura en paro y gran amante de la poesía, sufre noche tras noche una inquietante y aterradora pesadilla. En sus sueños aparece una casa desconocida, personas extrañas y un triple asesinato sangriento, en el que, además, una mujer le pide ayuda desesperadamente. Por este motivo, Salomón acude a la consulta del doctor Ballesteros, un médico que le ayuda a desentrañar el misterio de los sueños y le acompaña en lo que se convertirá en un caso mucho más terrible y escalofriante que cualquier fantasía: el escenario del crimen es real y la mujer que pide socorro a gritos fue realmente asesinada.
En compañía de una joven de pasado enigmático, el doctor y un ex profesor de la universidad con el que mantiene una relación compleja, Salomón se adentrará en un mundo donde las palabras y la poesía son un arma de gran poder. En ese mundo, habitan las doce damas que controlan nuestro destino desde las sombras... o ¿son trece brujas?


A veces, en la vida, ocurre que te das cuenta de repente de haber cometido un error intolerable. De esos momentos en los que estás subiendo al avión para irte de vacaciones a Bora-Bora y gritas: "¡Mierda, me dejé la luz de la cocina encendida!", o te incorporas en la cama nada más acostarte con el corazón latiendo de terror y gritas: "¡Mierda, el examen es mañana, no la semana que viene!". Momentos en los que no te explicas qué narices estaba pasando por tu retorcida y diminuta cabeza para haber olvidado algo TAN básico como lo que acabas de recordar.
Bien, acabo de darme cuenta de que he sufrido un olvido de ese calibre. Descomunal. Salvaje. Impropio incluso de un despiste con patas como yo.
No había reseñado en el blog La Dama Número Trece.
Los que me conozcan, ya se pueden reír. Mi libro de terror favorito, el libro que de hecho considero la mejor historia de fantasía oscura o terror sobrenatural que he leído JAMÁS, la novela que recomiendo a TODO el mundo desde que la leí cuando salió, allá por el año 2003, el libro que lamentablemente poseo en la edición de bolsillo de 2006 porque cometí el inmenso error de prestarle a un tío con el que me enrollé en 2004 mi primera edición en tapa dura y nunca me la devolvió (si estás leyendo esto, pedazo de cabrón, QUIERO QUE ME DEVUELVAS MI LIBRO)... ese libro... pues nunca lo había reseñado en mi blog. NUNCA. Yo estaba convencida de que sí, pero no. ¡Increíble! ¡Impensable! ¡Intolerable! ¡PENITENCIAGITE!

En fin, que a eso voy, a escribir mi reseña de La Dama Número Trece. Los que leéis mis reseñas sabréis que suelo dividir la zona spoiler en tres secciones: "Lo que me ha gustado", "Lo que no me acaba de convencer", y "Lo que no me ha gustado". En este caso, no lo voy a hacer así. No sólo porque este es el rarísimo caso de una novela en la que me ha gustado ABSOLUTAMENTE TODO, sino porque me niego a escribir un sólo spoiler, oculto o no. La Dama Número Trece es una novela tan genial, tan redonda, tan magnífica e inhumanamente perfecta, que me niego a daros la posibilidad de seguir leyendo por curiosidad y destrozaros la lectura de esta joya. Bien, damos paso a la reseña. Abrochaos los cinturones, que vienen curvas...

La Dama Número Trece es una novela que podría catalogarse como fantasía oscura o thriller sobrenatural. Para mí, es la novela más terrorífica que he leído en mi vida. Pero no terrorífica de "uy, qué mal rollo esta escena, *sorbito de té con canela*", no. Terrorífica de no poder leerla de noche si no era con todas las luces de la habitación encendidas y aún así después de dejarla en la mesilla ponerme a leer otra cosa o encender la tele aunque fueran las tantas de la mañana porque no había ovarios de apagar la luz y ponerme a dormir. Esto sólo me ha pasado con otra novela más, y fue El Resplandor de Stephen King. Con la diferencia de que El Resplandor no me ha dado pesadillas y La Dama sí. Varias veces. La última de ellas, hace un par de semanas. Y ni siquiera la había releído recientemente.
Soy consciente de que lo mismo esto que acabo de decir es contraproducente porque podría espantar lectores potenciales en lugar de atraerlos. Pero no salgáis corriendo todavía, porque tengo que deciros que el terror que impregna esta novela no es en absoluto convencional. No hay demasiadas escenas gore, y las que hay están redactadas con exquisita elegancia, sin rastro alguno de casquería o morbosidad. En esta novela, incluso los horrores más abyectos son elegantes, sofisticados, musicales... son pura poesía.
Si hay algo que me sorprendió de La Dama cuando abrí sus páginas, fue la exquisitez con la que estaba escrita. Fue la primera novela que me provocó la clásica desesperación del escritor novel; esa que te embarga cuando lees a un maestro y piensas: "Mierda, no podría escribir así de bien ni aunque viviera mil años". José Carlos Somoza demuestra que es un virtuoso de la literatura, como si él fuera Samvel Yervinyan y las letras fueran un Stradivarius. Ojo, esto no significa que sea pesado, recargado o pomposo. Todo lo contrario. Su prosa es ágil, elaborada, elegante, musical, intensa, emocionante, auténtica, profunda, fluye como un río de aguas cristalinas. Las descripciones son evocadoras, el ritmo es perfecto, los diálogos naturales, el estilo impecable, es el equivalente literario a meterte en la boca tu tableta de chocolate favorita y dejar que se deshaga lentamente en tu boca. Es un placer para los sentidos.

Pero el estilo no es lo más importante. Quienes me conocen, saben que puedo disfrutar de un libro siempre que esté mínimamente bien escrito, aunque no sea una obra de arte como en este caso. Sin embargo, hay dos cosas que me parecen imprescindibles, sin las cuales soy incapaz de engancharme a a una historia o de disfrutarla a fondo: los personajes y la coherencia argumental. Por fortuna, La Dama aprueba ambas asignaturas con matrícula de honor. Todos, todos, absolutamente todos los personajes, desde los más protagónicos a los más secundarios, tienen su personalidad, sus motivos y su historia. Todos tienen algo que temer, alguien a quien amar, objetivos que cumplir, enemigos a los que derrotar. Aunque a veces el enemigo sea uno mismo. Todos ellos son descarnadamente humanos (o inhumanos, según el caso); en esta historia no existen ni los héroes perfectos ni los villanos vacíos. Puedes amar u odiar a los personajes, pero es imposible que ninguno te deje indiferente. Todos importan, todos están ahí por algún motivo, todos tienen su papel y lo ejecutan a la perfección. Acabas sufriendo con ellos (o a causa de ellos) de un modo que pocas novelas consiguen. Y lo mejor es que estos actores sobresalientes se mueven en un escenario ambientado a la perfección, ya que Somoza acierta con el equilibrio perfecto entre descripciones y acción, y encima lo hacen creando una historia que, simplemente, es perfecta. A ver, podrá gustar más o menos, de hecho lo normal es que cada pocas páginas te provoque escalofríos (de hecho, das gracias a Dios de no vivir en el universo de los protagonistas), pero la trama es perfecta en sí misma. Es emocionante, los acontecimientos suceden al ritmo adecuado, las revelaciones van apareciendo en su justa dosis, y muchas de ellas no las ves venir ni de lejos. Pero al final resulta que TODO ENCAJA. Todo. Desde la primera escena a la última, todo acaba teniendo sentido, encajando como un puzzle perfecto y funcionando con la precisión de un reloj suizo. No hay ni una sola incoherencia argumental, ni el más pequeño agujero de guión, tampoco quedan cabos sueltos ni tramas descolgadas. La historia parte de un comienzo adictivo, tiene un desarrollo impecable y se cierra de una manera redonda, frente a la que sólo cabe estallar en aplausos atronadores mientras cae el telón.

Lo único que temo con esta reseña es poner el listón TAN alto que luego alguien se decepcione. Pero de verdad creo que esta novela no os va a decepcionar, al menos si sois aficionados a la fantasía, al thriller y al terror. Salomón, Raquel, César, Susana y el doctor Ballesteros os están esperando entre sus páginas y merece la pena conocerlos. Ah, y también ELLAS. Sobre todo, ELLAS.
Aunque os pueda amedrentar que el libro sea aterrador (porque os aseguro que es aterrador), vale la pena respirar hondo y atreverse a entrar entre sus páginas. Os daréis el lujo de leer una de las mejores novelas en lengua española en lo que va de siglo, de la mano de mi autor vivo favorito.
Y, como me gustaría enseñaros una muestra de lo que vais a encontrar, os transcribo un fragmento que os dará idea de cómo es el estilo de Somoza. Se trata del fragmento que escogí para la lectura de cuentos de una convención literaria a la que asistí en 2012 (la Mereth de Annatar de la STE, para más señas). En ella, uno de los personajes encuentra una vieja fotografía de su abuelo y empieza a recordar cierto episodio de su infancia:

"Le sorprendió ver la puerta cerrada.
Aunque el viejo no tuviera clientes (podía pasarse días enteros sin tenerlos) nunca cerraba por las mañanas, ni siquiera los festivos. El niño temió que estuviera enfermo. Llamó con los nudillos y aguardó. Luego golpeó el cristal de la ventana.
– ¿Abuelo?
Dentro se escucharon ruidos, lo cual le tranquilizó un poco. Quizá el viejo se había quedado dormido. Últimamente bebía mucho y se mostraba renuente a abandonar las sábanas. Por otra parte, no hacía un día propicio para asomarse al exterior. El cielo era gris y el calor, sofocante. El viento arrastraba llamaradas saharianas apenas templadas por la presencia del mar, y los montes, erizados de ladas, temblaban a lo lejos. Un par de heliotropos que el viejo había capturado en un macetero parecían tan sañudos como el día. Probablemente habría tormenta, pensó el niño, uno de esos violentos aguaceros veraniegos que destripan las nubes. Le alegraba tal posibilidad: si llovía, sería maravilloso bajar a la playa por la tarde. El mar torturado por la lluvia siempre se mostraba oscuramente hermoso, con las gaviotas chillando enloquecidas en el espigón. Además, sus amigos aprovecharían la salvaje soledad para disparar a las negretas toscos ojaranzos afilados. Quizá hasta el viejo querría acompañarle.
– ¿Gurí? ¿Eres tú?
La puerta se abrió al tiempo que la sonrisa del niño se esfumaba por completo. Pálido y sudoroso como una vela que se derritiera sin llama, el viejo lo miraba con ojos desmesurados. La llamarada de sus palabras le hizo saber que se encontraba borracho.
– Entra, Gurí, vamos.
– ¿Qué te pasa, abuelo?
– ¡Entra…!
El viejo cerró la puerta y lo precedió hacia el interior. Cruzaron un mundo con olor a astillas habitado por herramientas terribles y madera dulce y silenciosa. Un mundo de muebles sin rostro, como niños que no han acabado de nacer. Al otro lado del taller, la habitación del viejo, su «ermita de cartujo» como él la llamaba, se hallaba invadida por igual de botellas de vino y latas de barniz y creosota. Una garrafa esparcía un denso olor a alcohol, y las huellas en el cristal de un vaso junto a ella delataban que su propietario, probablemente, llevaba bebiendo desde antes del alba.
El viejo iba de un lado a otro, vagaroso, espiando por las ventanas y asegurando las puertas. Luego se agachó y cogió al niño de los brazos.
– Gurí, hazme un favor, un gran favor… Quiero que averigües hoy mismo, ahora mismo, dónde se hospeda la mujer que llegó anoche al pueblo… Atiende, no me interrumpas… Quiero saber su nombre y de dónde viene… Es muy joven y muy bella, así que todo el mundo la habrá visto. Gurí, no me falles… Bonito mío, no me falles…
– ¿Una mujer, abuelo?
– Sí, joven, alta y hermosa. Llegó anoche. Quiero que me digas de dónde viene… Y… ¡Espera, no te vayas aún…! Lo más importante de todo. Mejor dicho, las dos cosas más importantes: averigua si lleva un broche colgado del cuello, ya sabes, un adorno dorado… Si es así, asegúrate que te digan qué forma tiene. Pero, por lo que más quieras, si en algún momento te tropezaras con ella, óyeme bien, si en algún momento la vieras… Hazme caso, gurí, niño mío… No le hables ni te acerques aunque te llame… ¡Aunque te llame! ¿Me has entendido?…
– Abuelo, no me aprietes tanto los brazos…
– ¿Me has entendido?
– Sí, abuelo.
– Ahora, vete, y vuelve cuanto antes.
No tuvo inconveniente alguno en obedecer la primera mitad de aquella orden. Estaba deseando marcharse. La conducta de su abuelo le atemorizaba. No sabía qué le ocurría, pero solo mirar sus ojos le hacía sentir escalofríos.
Regresó dos horas después. Esta vez el taller estaba abierto. La voz del viejo, desde el fondo, le invitó a pasar. Lo encontró sentado en su mecedora de enea.
– Nadie, abuelo.
– ¿Qué?
– Que no ha venido nadie al pueblo, ni ayer ni en toda la semana.
– ¿Estás seguro?
– Segurísimo. He preguntado en la pensión, en el hostal… Y fui al bar de la Trocha. Allí lo saben todo. Y no ha venido nadie. Nadie.
No quiso añadir lo que la mayoría le había dicho a continuación, y que él mismo también creía: que el viejo tenía que dejar de beber tanto. Hubiera sido incapaz de decírselo. Amaba con locura a aquel hombre de cerrada barbita cana, calvicie lenta y ennoblecida por la simetría y ojos que parecían, en sus mejores momentos, ventanas abiertas de par en par al mundo que él estaba deseando conocer. Pensó que su abuelo se alegraría con aquella noticia, pero comprobó que no era así: de hecho, parecía más desesperado que antes. Pero, de improviso, su semblante cambió. Sonrió, le guiñó un ojo.
– Me da muchísima vergüenza pedirte otro favor. Si no te apetece, me lo dices y en paz, ¿vale…?
– Vale, abuelo.
– Eres un chavalito maravilloso. Lo que me gustaría es… que pidieras permiso a tus padres para venir esta noche a mi casa. Jugaremos a las cartas, o a lo que quieras… Luego, si no tienes que marcharte pronto, te dejaré la cama y yo dormiré en el sofá… No te molestaré, te lo juro…
– Pero, abuelo…
– Sé que es un plan muy aburrido para ti, pero…
– ¿Aburrido, dices…? ¡Es estupendo…! ¡Voy a decírselo a mamá!
No tuvo problema alguno, y lo sabía. Su familia, como todo el mundo en Roquedal, había terminado por comprender que el viejo era inofensivo. Es verdad que su madre no quería saber nada de aquel remoto carpintero de quien solo había recibido una sonrisa, un beso y una buena cantidad de dinero, pero no se oponía a que el niño lo visitara con frecuencia.
Sin embargo, al llegar la hora, un acontecimiento estuvo a punto de arruinar el plan. El grumo de calor que el cielo retenía descerrajó una descarga sobre el mar y arrastró arena y polvo por las callejuelas. El niño tuvo la prudencia de salir antes de lo previsto para que sus padres no se lo impidieran más tarde. Aun así, llovía intensamente cuando llegó al taller. Algo parecido al resplandor de una luciérnaga encerrada en un fanal flotaba en la ventana. El viejo le dejó paso.
– Estás empapado, gurí. Entra y sécate.
Lo primero que le llamó la atención fue que su voz había cambiado. Ya no temblaba, ya no manifestaba miedo ni emoción alguna. Su aliento seguía oliendo a alcohol, pero no más que por la mañana. Y sus gestos eran precisos, rígidos, seguros. Dedujo de todo ello que se encontraba completamente sobrio. Después, mucho más tarde, llegaría a darse cuenta de su error. Pero en aquellos días el niño ignoraba la existencia de estados de embriaguez más allá del temblor, el tartamudeo y la burla; borracheras absolutas que eran como la locura, y podían ocultarse tras la mirada.
El viejo cruzó el taller sin tambalearse ni una sola vez, llegó a su «ermita», iluminada por un par de velas colocadas en botellas vacías, y se sentó rígidamente en su mecedora de enea. Sus ojos miraban al vacío.
– Quítate esa camisa y ponla a secar. Tengo algo de queso, por si quieres matar el gusanillo.
– Acabo de cenar, abuelo.
Durante un rato se miraron en completo silencio con el ruido de fondo de la lluvia, y el niño percibió la extrema palidez del rostro del viejo. Era como si, en el intervalo en que habían dejado de verse, toda la sangre que pintaba su cabeza hubiese escapado por algún orificio. Por fin, le oyó hablar de nuevo.
– Te agradezco tanto que hayas venido… Quería hablar contigo, contarte algo… A decir verdad… -Se inclinó hacia él y sonrió-. A decir verdad, quiero contártelo todo. -Hizo una pausa, pero la sonrisa no cedió: parecía incrustada en su rostro como esos adornos que colocaba en los muebles del taller-. Muchas veces me has preguntado si he vuelto a escribir poesía, ¿no es cierto…? Pues te confesaré un secreto… -Tendió la mano hacia la estantería que había a su espalda y sacó un cuaderno de tapas arrugadas-. Esto no se lo he enseñado a nadie nunca. En estas páginas está todo lo que he escrito últimamente… Todo.
El niño estaba a punto de sonreír extasiado cuando se dio cuenta de algo.
Fue una revelación tan violenta, tan adulta, que casi la sintió como una bofetada contra su rostro.
Su abuelo estaba enfermo. Muy enfermo. Y no era que hubiese enfermado de repente, en aquel momento: tan solo había permitido que la densa enfermedad que albergaba se abriese paso, por fin, a través de sus cansados rasgos, sus ojos como torbellinos incomprensibles de luz, sus labios plateados de saliva.
Se quedó paralizado en el asiento. Le pareció que aquel rostro arrugado que estaba contemplando era el de un desconocido, un anciano que hubiese perdido por completo la chaveta, una vieja cabra. Su abuelo era una vieja cabra, eso era.
– ¿Quieres leer un poema de tu abuelo, gurí, el poema que he estado escribiendo desde hace años…? ¡Oh, venga, no me digas que no, chavalín, siempre has deseado leer un poema de tu famoso abuelo Alejandro…! ¿Quieres leerlo…? -Y de improviso, en medio de dos truenos, aquel grito-: ¡Contesta, puñetero! -El niño dijo «sí» sin que sus propios oídos lo oyesen-. Pues aquí está.
El cuaderno no temblaba, pero empezó a hacerlo cuando el niño lo cogió.
– Léelo. Lee mi poema, chaval.
Con trémula cautela, el niño lo abrió por la primera página. No había palabras sino un dibujo torpe ejecutado con lápices de colores: una flor amarilla. En la segunda, un pájaro azul. En la tercera, una mujer atada a las patas de una cama con las piernas abiertas y


las damas


en las siguientes, cabezas humanas con carúnculas rojas emergiendo del cráneo; un rostro de ojos blancos; una niña rubia con las manos amputadas introduciéndose uno de los muñones por


las damas son trece


una muchacha de dientes afilados; un palo de escoba hundido hasta el haz en unos genitales


las damas son trece:
la número uno Invita


borrones, manchas, bocas abiertas; un rostro cubierto de gusanos; un hombre ahorcado; una mujer con el vientre abierto; una culebra deslizándose por el ojo de un bebé


las damas son trece:
la número uno Invita
la número dos Vigila


– ¿Te gusta mi poema, chaval?
El niño no dijo nada.
– ¿Te gusta mi poema? -insistió el viejo.
– Sí.
– Sigue leyendo. Lo mejor es el final.
Pasó las páginas con rápido aleteo, como el sonido de su propio corazón. Un mundo de locuras coloreadas le abanicó el rostro. La última hoja no pertenecía al cuaderno y estaba suelta. Era la única que se hallaba escrita. Reconoció la caligrafía de su abuelo. Era un poema muy raro. Parecía más bien una lista de nombres.

Las damas son trece:
La número uno Invita,
La número dos Vigila,
La número tres Castiga
La número cuatro Enloquece
La número cinco Apasiona
La número seis Maldice…
– La número siete Envenena -recitaba el viejo, al tiempo que el niño leía, sin un solo tartamudeo, sin un solo error-. La número ocho Conjura… La número nueve Invoca… La número diez Ejecuta… La número once Adivina… La número doce Conoce. -Se detuvo y sonrió-. Son las damas. Son trece, siempre son trece, pero solo se citan doce, ¿lo ves…? Solo debes mencionar doce… Nunca, ni en sueños, te atrevas a hablar de la última… ¡Ay de ti, si se te ocurriera mencionar a la número trece…!"
(La Dama Número Trece, José Carlos Somoza).


¿Cómo os quedáis? ¿Verdad que tenéis ganas de saber más? Pues para conocer el resto de la historia, tendréis que leer la novela. La única pega es que igual no es tarea fácil, porque las novelas suelen tener una vida corta y La Dama se publicó hace años, pero estoy segura de que la reeditarán muy pronto, porque Jaume Balagueró está rodando su adaptación al cine (después de AÑOS de retraso), y se estrenará a finales de 2017 con el título de Muse (La Musa). Próximamente haré una entrada al respecto; de momento, aquí os dejo el cartel promocional. Y recordad: nunca, jamás, mencionéis a la Dama Número Trece...



domingo, 22 de enero de 2017

¿Quieres conocer al culpable de la corrupción? Mírate al espejo

Hace tiempo me prometí no volver a escribir cabreada, pero es que hay veces que no me puedo contener. Hay temas que suplican que escriba sobre ellos, y éste es uno que me tiene especialmente harta.
La gente en España critica un montón a los políticos. Sobre todo al PP; algunos, más imparciales o más informados, hablan del PPSOE, e incluso de "los políticos" en general, sin distinguir ideologías ni colores, lo cual sin duda está más cerca de la verdad. "El problema de España es que los políticos roban y se tapan unos a otros", dice la gente. "El problema son los puestos a dedo, los amiguismos, los enchufes, la corrupción, los sobres bajo mano y el esto lo hacemos todos y aquí no ha pasado nada".
¿Quieres saber quién es el culpable?
Te sugiero que empieces por ti mismo.

Vale, probablemente ninguno de los que me estén leyendo sean políticos, y pocos tendrán un cargo importante en una empresa. Pero haced introspectiva por un instante, y responded con sinceridad: ¿Alguna vez habéis robado algo, no importa lo nimio que sea? ¿Alguna vez habéis pedido que os pagaran u os cobraran en negro, para ahorrar impuestos? ¿Alguna vez habéis esperado que un familiar, amigo o conocido os diera alguna prebenda (trabajo, nota más alta en un examen, un puesto en el equipo, una plaza en un curso...) sólo porque erais vosotros, aunque hubiese un desconocido que lo mereciera más? ¿Y vosotros, habéis concedido otra prebenda similar a alguien?
Y lo más importante, aunque no hayáis tenido la oportunidad de hacerlo. ¿Lo haríais si pudierais? Si vuestro mejor amigo y un desconocido optaran a la última plaza en un curso que organizáis, ¿se la daríais a vuestro amigo, aunque el desconocido hubiera enviado la solicitud primero? Si pudierais pagar veinte euros menos al fontanero para ahorraros el IVA y nadie se fuera a enterar, ¿querríais pagar el impuesto de todas maneras? Si pudierais hacer valer vuestra influencia para que un amigo o familiar vuestro consiguiera un buen trabajo aunque no fuera el más apto, ¿lo ayudaríais? Si vosotros pidierais ese mismo favor a un amigo o a un familiar y éste se negara, ¿os enfadaríais con él?
Creo que el 99% de la gente contestará al menos a una de estas preguntas con un "sí". Y es ahí a donde quiero llegar, al meollo de la cuestión. La gente se queja de los políticos y los empresarios de este país por hacer esas cosas, pero en el fondo son actitudes que se ven en todas partes. Ellos no son peores que el resto de la sociedad; son el producto y el reflejo de ésta. La única diferencia que hay entre ellos y nosotros es que ellos pueden hacerlo, y nosotros no.

"Pero es que ellos son peores", podríais objetar. "Ellos tienen la responsabilidad y el deber de dar ejemplo, puesto que son cargos públicos, y si cometen una injusticia afectan a millones de españoles".
Evidentemente cuanto más poder tengas, más daño podrás hacer. Pero yo no hablo de quién hace más daño, sino de la mentalidad imperante en este país: es un problema que tenemos todos. Los políticos llegan al poder y lo hacen porque todo el mundo lo hace. No son distintos al resto de la gente. Esta es la diferencia entre Japón, donde un Ministro de Exteriores tuvo que dimitir al descubrirse que había aceptado una donación de 435 euros, y España, donde impera el yo no te he visto si tú no me has visto, que entre bueyes no hay cornadas.
La educación y los principios nacionales empiezan desde abajo, y la mentalidad global que tenemos en este país es cosa de todos. En este país la picaresca se ve como algo de lo que enorgullecerte, no como algo de lo que avergonzarte. Yo he oído a un chico, delante de mí, contar muy orgulloso cómo robó un microondas de una tienda de electrodomésticos sin que el dependiente se coscara de nada, y cuando le reproché que eso no era para enorgullecerse porque había cometido un delito, me miró con una expresión entre la incredulidad y el desprecio, como diciendo "menuda pardilla, ésta no sabe de qué va la vida". Si le dices al fontanero que quieres factura, te mira como si fueras tonto o como si quisiera asesinarte. En los ambientes literarios, donde he empezado a moverme, la gente habla de premios literarios importantes como el Planeta o el Minotauro, comentando que están dados de antemano, con toda la naturalidad del mundo. Es algo que todo el mundo sabe, y es lo que hay: lo aceptas como lo que es, la realidad normal, y punto. A nadie se le ocurre protestar.

Por consiguiente, nadie espera en realidad que los líderes den ejemplo, porque nadie cree de verdad que éstos vayan a ser honestos y a no aprovecharse de su puesto cuando ellos mismos serían los primeros que lo harían de tener oportunidad. Esta es la mentalidad en España. Si puedes evadir impuestos o meter mano en la caja y no lo haces, no eres honrado, eres gilipollas. Si no le das el puesto de responsabilidad o el trabajillo al colega de turno, no eres imparcial, eres un mal amigo. Cuando hasta el escalafón más humilde de la sociedad española todos ven el amiguismo, el nepotismo y el chanchullo como algo normal, esperable e incluso deseable, pretender que un español llegue a un puesto de poder y no haga lo mismo, es señal de una profunda hipocresía.

En definitiva, estoy cansada de oír a la gente decir que los políticos son unos ladrones y que España necesita un cambio. Será verdad, pero España nunca tendrá un cambio si no entendemos que lo que hay que hacer es cambiar de mentalidad antes que de partido. Porque mientras impere esa mentalidad, mande quien mande, sea cual sea su partido, su color o su ideología, va a hacer exactamente lo mismo.